Laberinto Postmoderno
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La ardilla de King's Cross y el V2 en la fachada.

El Laberinto Postmoderno se estremece. Algo terrible ha ocurrido por tercera vez en unos pocos años. En esto, la postmodernidad no tiene mucho que ver. Es más bien un asunto medieval, un problema atávico que el ser humano está muy lejos de resolver. Hasta las viles criaturas que adoran la Irracionalidad asoman la cabeza asustadas y tratan de racionalizar lo sucedido. Es un día triste en todo el orbe

Hace un par de años, dos millones y pico de personas se manifestaron por las calles de Londres pidiendo el Fin de la Guerra. La manifestación partió de un poco más allá de la Cleopatra's Needle, fue por todo el paseo de la ribera izquierda del Támesis, pasó por delante de las Casas del Parlamento y de Downing Street. Después, subió hasta Trafalgar Square y hasta Picadilly. Se recorrió Oxford Street y terminó en Hyde Park. Entre esas dos millones de personas estábamos mi mujer y yo.

Estábamos de vacaciones y nos sorprendió la manifestación. Otras tantos millones de personas se manifestaban en Madrid, por supuesto. Un año y un mes más tarde, la estación de Atocha recibió el fuego cruzado de los que no distinguen entre pueblo y gobierno. Hoy, lo ha hecho Londres.

Del mismo modo que Aznar y Trillo estaban desayunando tranquilamente mientras sus conciudadanos morían a manos de los que ellos (Trillo y Aznar) habían señalado como enemigos, ahora los londinenses caen mientras Blair está con sus colegas del G8 en Escocia. Una pena, pero de toda la vida los reyes enviaban a los campesinos a luchar por lo que ellos no tenían redaños a defender. Los gobiernos están hechos de seres humanos y sus decisiones son las decisiones de seres humanos. Se pueden equivocar. El lema y objetivo de una manifestación, aunque sea de dos millones de personas, no tiene por qué ser acertado, pero en democracia, los gobiernos deberían mirar más a sus representados que a su propio ombligo. Más que nada porque luego el pato no lo pagan ellos.

En aquella manifestación inglesa, vi un grupo de árabes con pancartas pidiendo la libertad de Palestina, escritas en inglés y en árabe. Junto a ellos, un grupo de judíos portaba otra pancarta donde ponía NOT IN MY NAME. Juntos, tan juntos, que no podías distinguir unos de otros. Y, alrededor de ellos, indios, pakistaníes, australianos, italianos, españoles, franceses, sudamericanos y, por supuesto, ingleses. Cientos de miles de ingleses gritándole a esos sordos de la Cámara de los Lores y a esos ciegos de la Cámara de los Comunes que esto no era un juego, que sabíamos perfectamente que era un error, que no contasen con nosotros para aquella barbarie.

Los titulares de los periódicos, durante la semana anterior a la manifestación, eran brutales. Tanques en el aeropuerto de Heatrow porque se sospechaba que querían secuestrar un avión. Un inspector de Scotland Yard hablando de que habían encontrado planos de centrales nucleares en manos de un grupo islamista en Dover. Un experto en energía nuclear diciendo que si lograban estrellar el avión contra la central, sería posible alcanzar un Megadeath (un millón de muertos).

Hoy quiero recordar esos detalles de Londres que hacen que sea mi ciudad favorita, después de mi amada Zaragoza. Mi vínculo físico con Londres es tenue. Solamente he ido dos veces en mi vida y siempre de modo muy breve, en vacaciones, nunca para vivir una temporada entre los habitantes de la vieja Londinium. Sin embargo, el vínculo emocional es tremendo y me encanta ver películas de Hugh Grant porque reconozco las calles y los edificios. Tengo una bandeja con el plano de metro de Londres y la miro a veces con nostalgia. Quiero reflejar esa nostalgia en unos pocos detalles:

En King's Cross St. Pancras, uno de los lugares donde se ha asesinado hoy, tuve la oportunidad de contemplar una ardilla comiendo de mi mano, una ardilla que seguro que hoy se ha dado un susto tremendo con la explosión y que tiene la suerte de no tener ni puñetera idea de qué va todo lo que pasa a su alrededor. La ardilla de King's Cross jamás pondrá una bomba, ni arrojará un avión contra ningún edificio, ni secuestrará a nadie para cortarle la cabeza frente a una cámara de televisión. La ardilla de King's Cross es un pobre roedor que se comió dos galletas que le dimos y con eso, tiene suficiente. Hoy, mientras escuchaba las noticias en la radio, he pensado que me gustaría ser ardilla.

Cerca de Liverpool St., donde ha estallado otra de esas bombas, seguí a unos actores que nos explicaban, con todo lujo de detalles y de aspavientos, cómo Jack el Destripador se había cargado a aquellas prostitutas. Además, lo hacían bien, dejándolo todo en suspenso, sin dar afirmaciones categóricas. Es una leyenda urbana, en realidad. Jack es uno de esos seres que pervivirán a las generaciones a pesar de ser una mera leyenda. Hoy, mientras escuchaba las noticias en la radio, he pensado que me gustaría que todo lo ocurrido fuese tan trivial, tan vano, tan teatral, tan risible como el mito de Jack el Destripador.

En Russell Square me hospedé la segunda vez que fui a Londres, también allí han puesto una bomba esta mañana. Me emborraché en una taberna frente al Museo Británico, bebiendo Guinness y probando una Stout de más de quince grados. También en Russell Square había ardillas, pero éstas no quisieron comer galletas ese día. Hoy, mientras escuchaba las noticias en la radio, he pensado que me gustaría volver al día en que salí de aquella taberna, al toque de la campana, con el estómago lleno de la cerveza más negra y espesa.

Cerca de las Casas del Parlamento hay una estatua de Winston Churchill, con su gabardina, calvo y gordinflón, caminando encorvado, como soportando el peso de una gran losa sobre sus espaldas. Churchill sería más feo, más viejo y más calvo que Blair, pero al menos su pueblo lo recordará como un hombre que defendió su país contra viento y marea, no como el hombre que los metió en una guerra que nadie quería, salvo él y sus correligionarios. La historia, a veces, pone a cada uno en su sitio y hoy, mientras escuchaba las noticias en la radio, he pensado que ojalá la historia ponga en su sitio a Aznar, a Blair y a George W. Bush.

Y espero que los italianos no paguen de este modo la soberbia de Berlusconi, pues todavía estamos a tiempo de ver Roma en esta penosa situación.

Por último, en una calleja empinada cercana al Támesis, casi bajo uno de los múltiples puentes de ese río y justo al otro lado de St. Paul (cerca de allí han explotado tres bombas), vi sorprendido un V2 nazi colgando de una fachada. El recuerdo de una barbarie tremenda, de un desarrollo tecnológico que sorprendió a todo el mundo. Lo colgaron ahí, en un callejón oscuro y perdido, para que lo viera quien quisiera, pero sin hacer ostentación de ello. En el Pilar de Zaragoza hay dos bombas pequeñas que no explotaron y a eso lo llaman milagro. Milagro sería que no explotase ninguna más nunca. Milagro sería que el niño que mi mujer lleva en su útero tuviera que preguntarme en su adolescencia qué es una bomba. Eso sí sería un milagro. Y hoy, mientras escuchaba las noticias en la radio, he pensado que soy ateo, pero sigo esperando ese milagro.

Hoy no hay despedida. Solo silencio.
The Dungeon's Master

2005-07-07 19:06 | Categoría: | 0 Comentarios | Enlace

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