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Violencia en el Laberinto Postmoderno

El fenómeno de la violencia es algo que preocupa mucho al Laberinto Postmoderno. Bueno, al laberinto no, que a ése se la repanfinfla con ganas, me refiero a sus habitantes.

Y cuando algo nos preocupa, una de las primeras cosas que se hacen con ello es clasificarlo. Así, se han creado distintos tipos de violencia. Hay violencia racista, violencia de género, violencia escolar, violencia verbal, violencia física, violencia gratuita, violencia institucional y cien mil tipos más de violencia.

Y, claro, al categorizar, las cosas se vuelven un poco raras, porque una cosa es categorizar los elementos químicos y hacer la tabla periódica y otra intentar hacer casillas de algo tan ambiguo, tan poco objetivo, como es la Violencia.

¿Si un español le parte el morro a un ecuatoriano, es violencia xenófoba? ¿Si un hombre de veinticinco le parte la cara a un chaval de catorce es violencia contra la infancia? Hombre, pues depende.

Depende, porque aquí todo tiende a simplificarse. Trabajo con delincuentes y sé perfectamente que hay modos y modos de ejercer violencia. No es lo mismo ponerse hasta las cachas de speed y dejar los dientes de media discoteca en el suelo que ir por la calle y decidir que ese tío del bocata merece tres puñaladas, al igual que no es lo mismo el tío que le cruza la cara a la parienta en cuanto ésta abre la boca que el que está recibiendo una paliza por parte de ella y le pega un empujón para zafarse.

El problema es que enseguida categorizamos y cogemos la realidad y la retorcemos hasta que nos casa en la teoría. Como trabajo también con trabajadoras sociales que llevan el tema de la violencia de género, puedo hablar del asunto con cierta perspectiva y asegurar que no es oro todo lo que reluce y, aunque todo tipo de violencia es censurable y reprobable, no todas las veces que hay una denuncia por maltratos la denuncia se ajusta a un caso de violencia doméstica.

Supongamos ahora que un español tiene un accidente de tráfico con un senegalés y que las cosas se ponen tontas. Hay una airada discusión, ambos llegan tarde al trabajo, los de atestados tardan en llegar y la cosa se caldea. Si ambos se parten la cara en plena calle, ¿tendría cojones alguien a decir que se trata de un claro atentado racista?

Bueno, pues igual le pasó a un exalumno mío, un guineano de cincuenta y tantos años. Apareció tarde en el centro de formación, con el brazo en cabestrillo y el plexo solar vendado. Cuando le pregunté qué había pasado, me contestó: "He pasado el domingo en comisaría. Mi mujer me ha denunciado por malos tratos".

Le pedí que me dejase leer la declaración de la policía, pues llevaba una copia en el bolsillo. La mujer presentaba "un arañazo en la cara". Brazo en cabestrillo + costilla hundida versus arañazo en la cara. ¿Por parte de quién fue el acto violento? Seguro que mi colega guineano no es inocente, pero culpable... tampoco. En todo caso, copartícipe.

Ahí se queda... No es oro todo lo que reluce.
El Amo del Calabozo

2005-08-08 10:27 | Categoría: | 0 Comentarios | Enlace

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