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Mi abuelo Vicente

Raramente comento asuntos personales en esta bitácora, pero hoy es un día especial. Mañana, cinco de septiembre, hará veinticinco años que mi abuelo dijo "chao, pescao" y se fue al otro barrio. Para un ateo como yo, esto de la muerte es definitivo. Jamás volveré a tener una conversación con él y nunca podré disfrutar de un paseo por el Barrio de la Jota cogido de su mano.

Cuando cascó, yo tenía cinco añitos. Recuerdo que entré en casa de mi abuela y lo busqué por todas partes. Me viene a la mente mi propia figura mirando detrás de las cortinas y mi abuela, con todo el dolor que supone perder a tu marido, se reía detrás de mí. Al menos, pude hacer que por un segundo aquello no fuese tan traumático.

Mi abuelo no era la mejor persona del mundo. Tenía mucha mala leche, según cuentan, pero era un buen tipo. Era aficionado a la magia y los críos del barrio venían a verle hacer desaparecer bolitas, a verle mezclar la baraja e intentaban descubrirle el truco. Tenía una lambretta, una moto que ya me gustaría volver a ver, puesto que aparece en infinidad de fotografías familiares de esas que ya han perdido el color y en las que todo es de un tono beige que da sensación de antigüedad.

No recuerdo muchas cosas de mi abuelo, la verdad. Me llevaba al fútbol los domingos por la mañana, a ver un partido que jugaban en un campo que había cerca de mi casa. Hoy, ese campo de fútbol ya no existe y se ha convertido en uno más de los edificios del Paseo Longares. En casa de mi abuela -que aún vive y que cumplió setenta y siete el pasado miércoles-, hay un cuadro en el que se ve a mi abuelo caricaturizado por sí mismo: otra de sus aficiones. Sé que alguien de mi familia guarda un álbum con todas sus caricaturas, pero no sé exactamente quién. Caricaturizaba a sus compañeros de trabajo y alguno se enfadaba, pero a la mayoría les hacía gracia.

Tengo una casete en el coche -es el único lugar donde todavía puedo escuchar ese formato de audio- en la que se nos oye a ambos, hablándole a un micrófono en el salón de casa de mi abuela. Me preguntaba cosas, yo le contestaba, mi hermano de dos años balbuceaba delante del micrófono y mi abuela se quejaba, en otra habitación, de que íbamos por la casa sin zapatillas, manchándonos los calcetines. Una escena familiar que habré escuchado docenas de veces y siempre me hace reír.

Es curioso que, a veces, las personas que apenas has conocido, te influyan tanto como las que ves a diario, incluso más. El profesor que apenas te dio clase durante nueve meses, el monitor de campamentos al que solamente veías quince días en verano o el abuelo que murió cuando tú eras demasiado niño como para recordarlo bien. ¿Qué mecanismo psicológico hace que escojamos a unos y no a otros?

Los recuerdos no son archivos fiables. A veces olvidamos partes y creamos otras. Los recuerdos son interpretaciones subjetivas, de modo que, ¿qué es cierto y qué es falso? ¿Puedo considerar falso el recuerdo de mi abuelo dibujando caricaturas sobre la mesa del comedor? Es terrible pensarlo. Es terrible saber que mi cerebro no es fiable y que, muy probablemente, los detalles de mis recuerdos pueden ser incorrectos. Quizá el color de la cortina no era el que yo creía o quizá las palabras de mi madre explicándome que el abuelo ya no volvería no fueron esas exactamente.

Da lo mismo: mi abuelo murió hace ya un cuarto de siglo y lo único que queda de él es lo que los que lo conocimos recordamos. Independientemente de su fidelidad a lo sucedido, lo que sí me queda claro es que nadie desaparece mientras alguien le recuerde. Aunque le recuerde mal.

El Amo del Calabozo

2005-09-04 23:34 | Categoría: | 0 Comentarios | Enlace

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