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Un concierto excelente

Hay veces que la vida te sorprende incluso cuando crees que ya estás de vuelta de todo. Verán ustedes: a mí me ha gustado la música desde pequeño. Creo que me sé de memoria muchas más de cien canciones, desde chascarrillos populares aragoneses que se sueltan en fiestas donde has bebido algo más de la cuenta hasta largas canciones de Metallica (en inglés y todo). Me gustaba la música tanto por su componente emocional como por el propio hecho musical y muchas veces aprendí algo de física o ingeniería gracias a tratar de entender por qué sonaba así una guitarra o por qué un amplificador petardea o se acopla.

Pero hace algunos años que la música me decepciona. No culpo a nadie salvo a mí de ello. No es la música de hoy lo que falla, si no yo. Estoy quemado de la música de modo parecido a como me quemé del fútbol, que nunca he sido gran forofo, pero es que ahora ni me entero de quién gana la liga. No leo jamás la parte deportiva de la prensa, me niego a hablar de fútbol e incluso cambio de canal cuando hablan de deportes en la tele o la radio. Con la música, más o menos igual.

Pero hete aquí que uno va, de pronto, y se encuentra con grupos musicales que le despiertan a uno cierto gusanillo y, de nuevo, adquiere cierta esperanza en este submundo que es la música. Y empiezas a escuchar más a menudo tus viejos cedés y, lo que es más importante, empiezas a escuchar todo eso que en su día desechaste por puro prejuicio.

Después de corregir algunas actitudes mías en un acto que me resultó bastante traumático (pues rectificar será de sabios, pero a todos nos jode...), empiezo a cogerle el gustillo de nuevo a esto de ir de conciertos, que lo tenía bastante olvidado. Creo que he ido a más conciertos en los últimos dos o tres meses que en los anteriores dos o tres años.

Y el sábado me tocó ir a un concierto sin tener muchas ganas. Mi mujer andaba como loca por ver a The Mission en directo y un servidor la acompañó, aunque con el prejuicio de que iba a aburrirse un poco. Y pagando 25'50 por sesera, ya que estamos...

Pero salen esos tíos al escenario y uno abre los ojos como platos. En un lugar pequeño (el Salón Oasis de Zaragoza), un grupo de cuarentones sale y hace un espectáculo que haría palidecer al más activo y juvenil conjunto de rock actual. La gente estaba cegada por ese savoir faire que demostraron, disfrutando de un grupo que a mí, que no me entusiasmaban, me sedujeron desde la primera nota hasta la última.

Al principio fue un poco intimista, como si quisieran atraernos a todos con su mera presencia. Cercanía con el público, pero sin envalentonarlo, más bien dejándole disfrutar del ambiente, más que del grupo en sí. Luces oscuras, azules, violetas, raramente colores cálidos; un sonido envolvente, guitarrero, mucho más guitarrero que en los discos; una batería remarcadísima a un volumen que se elevaba hasta que se confundía con una base de bajo que decoraba cualquier compás con arpegios y punteos sin perder ni un ápice de contundencia.

Para la cuarta canción, todo el público estaba entregado y empezó el movimiento. Poco a poco, se le fue dando participación, la gente coreaba las letras y ellos fueron dándole protagonismo. Manos que se elevan, bailes que surgen allá y acullá, cada vez menos gente yendo a la barra a por consumiciones... Signos inequívocos de que aquí se está cuajando un ambiente de concierto inigualable. Y aquel vocalista empezaba a convertirse en el director de una orquesta de corifeos vestidos de negro.

Para cuando llevaban medio concierto, los cuatro camareros estaban con los brazos cruzados. Nadie pedía bebida, todos miraban hacia el escenario, la mayoría bailaba o se movía al ritmo de aquel sonido que ya no era envolvente, sino que nos había absorbido por completo. Y The Mission se empezaron a soltar la melena (a pesar de que tenían el pelo más bien cortito y, seré malo, hasta escaso). Cuando tocaron "Deliverance", nos dejaron a todos coreando el estribillo, se levantaron, se fueron y el vocalista se quedó para decir gracias con un acento de Liverpool que mataba. La gente empezó a pedir otra inmediatamente después, ¿cómo podían detenernos ahora que estábamos lanzados?

Y al volver del descanso de apenas tres minutos, se puso él solo frente al micro y cantó, de sorpresa, "Like a child again", con unos focos azules apuntándole desde atrás que transmitían una especie de magia inexplicable (dios, los Demiurgos Escépticos de la Junta Censora me van a echar de la Secta por esto...).

Le siguieron tres canciones más y la gente parecían estar sometidos a una marejada sobre la cubierta de una chalupa. Nadie estaba quieto. Lo que había empezado como una misa de doce, estaba terminando como una verdadera orgía de gente sudorosa que saltaba, movía los brazos y cantaba como enloquecida. Y entonces salen dos tíos más, uno con una guitarra y otro cantando. The Mission empiezan la última canción y, los seis juntos, se marcan un tema que duró horas con dos vocales dándose el uno al otro el paso.

Cuando todo terminó, me quedé con un regusto excelente en la boca, que no sentía desde que vi a Ramones, otros que eran verdaderamente flipantes en directo. Y eso que fui al concierto por acompañar a una embarazada de siete meses...

Olé.
El Amo del Calabozo

2005-10-24 18:18 | Categoría: | 0 Comentarios | Enlace

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