Laberinto Postmoderno
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Inmigración en España

Pues resulta que uno lleva ocho horas en un Centro de Reforma y le toca fichar y largarse a casa. Entonces el Amo del Calabozo (¿pillan la sutileza del nombrecito de marras?) se sube a su vehículo, enchufa la radio y se encuentra con un intelectual de esos que hablan por los codos y que, de cada tres palabras, dos de ellas vas al diccionario y no existen, porque se las han inventado.

Y entonces empiezo a escuchar cómo un tío de Salamanca (o cualquier otra parte), nos cuenta la realidad social del Senegal y de Ghana, o de Vietnam, o Rumanía, o Corea del Norte, con una apabullante seriedad y nula capacidad explicativa. Y, dicho ésto, pasa a narrarnos una serie de trágicas historias sobre pateras y muertos en el estrecho, y vallas con guardias civiles de gatillo fácil, y campamentos de refugiados gobernados por sádicos que disfrutan viendo sufrir a pobres negritos del África Tropical. Así que uno está a punto de dar un volantazo y tirarse por el puente de la autovía de circunvalación hasta las escasas aguas del Ebro de la desesperación que siente.

Porque, si creyera lo que dicen esos tertulianos que escriben libros como churros y dan conferencias a jubilados que se duermen en la segunda diapositiva, pues uno creería que en vez de en España vive en las mazmorras de la Inquisición. Monstruos europeos que tiran de los hilos de países empobrecidos, gobiernos totalitarios que, a golpe de fusil o de OPA Hostil tienen unas fincas muy grandes llamadas Zaire, Guinea o Camboya.

Pero resulta que, por suerte o por desgracia, una servidora trabaja como Maestro de Taller en un reformatorio y, antes, ha trabajado dando clases en un programa de garantía social lleno de moritos y negros, de rumanos y ucranianos, así que ha visto con sus ojos (que se han de comer el mundo) una realidad bastante diferente.

Porque verán: un miembro de mi familia cercana emigró en su día a Bélgica y siempre ha contado cosas como que en los bares había letreros donde se leía: "Prohibida la entrada a perros y españoles". Por ejemplo.

Así que uno piensa que no estará tan mal la cosa y que, al fin y al cabo, en este país al inmigrante ilegal no se le trata como si fuera un perro sarnoso. Tuve un alumno al que durante tres años llamamos Mohamed, siendo que, en realidad, se llamaba Boualem. Ni pasaporte, ni dios que te lo crió, traficante, chulesco, violento, con más delitos que Dieguito el Malo y ahí lo tienes: viviendo todavía en España, en esa España que maltrata al inmigrante y que los expulsa en cuanto los ve llegar a la costa de Algeciras.

Y he conocido muchos casos, muchísimos, historias truculentas de chavales que entraron en el país en los bajos de un camión o que llegaron con pasaportes falsos y ahora tienen que apechugar con cinco años más (o menos) de los que realmente tienen. Y no pasa nada, queridos aventureros del Laberinto Postmoderno. Ni se les obliga a cantar su verdadera edad a golpe de látigo, ni se les pone una patera de regreso, ni nada de nada. Se les mete en un centro juvenil y se les da educación, se les vacuna, se les da ropa y cobijo, comida, se les busca el modo de darles documentación y permiso de trabajo y se les busca un empleo. Eso es en lo que yo trabajo y pienso seguir trabajando un buen tiempo más, si mis jefes y el Instituto Aragonés de Servicios Sociales tienen a bien mantenerme en mi puesto.

Conocí una vez a un inmigrante, encarcelado por delitos verdaderamente deleznables, que me dijo: "En mi país, por la mitad de lo que yo he hecho, me pudriría en una cárcel el resto de mi vida". Aquí, mal que le pese a algunos, creemos que el castigo no lo es todo. Tenemos esperanza, una esperanza que surge, precisamente, de una memoria histórica que nos indica que no hemos sido los mejores anfitriones del mundo, pero que tampoco somos de los que matan por gusto.

Si haces caso a esos tertulianos y expertos, a esos listos de largas titulaciones y mínima experiencia, a esos que se permiten el lujo de hablar sobre gente con la que nunca ha tratado, te conviertes, de inmediato, en un criminal, en un monstruo que está sosteniendo su sistema político gracias a exprimir a otros países.

Y no es que eso no sea cierto, que en muchos casos lo es, pero tampoco es que aquí seamos unos sádicos sin corazón.

En España, no atamos los perros con longaniza precisamente, ni nos sobra el dinero. Somos un país donde la gente ha ido y venido muchas veces. Vivimos al sur de Europa y somos frontera con África y, por historia y hasta consanguinidad, también con Sudamérica. Y tratamos al inmigrante con mucha más deferencia, respeto y humanidad que la mayor parte de los países europeos. Mucho mejor de lo que nos trataron a nosotros, sobre todo.

Sabemos de hambre, de guerras civiles, de muertos, de tropelías, de fascismo, de teocracia. Sabemos mucho, por nuestra historia, de resistencia al cambio, de conservadurismo, de extremismos, de sufrimiento y de valor ante la adversidad.

Somos un pueblo que las ha pasado canutas y que ahora levanta la cabeza, no porque nos hayan regalado el futuro, sino porque hemos sido capaces de trabajar el presente. Como canta mi conciudadano José Antonio Labordeta: "Somos gente que nada pide porque nada le dan".

Venga usted a España, inmigrante, y no tenga en cuenta al hijo de la grandísima puta que le llama moromierda o sudaca, que esos son cuatro descerebrados que se merecen un buen sartenazo entre coronilla y nuca. Fíjese en la cantidad de buena gente que vive aquí, en la cantidad de profesionales y voluntarios que trabajan para hacer de este país y de este mundo un lugar mejor. Fíjese en toda esa gente que cuando llega a su puesto de trabajo no mira el color de la piel ni el país de origen de sus compañeros, sino su valía, sus conocimientos, su simpatía y su saber estar.

Porque malnacidos hay en todas partes y España es un país lleno de ellos, desde luego, pero aquí no nos gustan los malnacidos, sean oriundos o foráneos.

Y a esos tertulianos, les pediría que vinieran unos meses a convivir con los chavales que yo tengo en el refor y hablen con ellos antes de escribir un libro catastrofista. La mayor parte de los inmigrantes que conozco saben por experiencia que mal se puede ser racista en un lugar donde todo cristo ha puesto el pie alguna vez y donde todos somos más mestizos que en casi ninguna otra parte del mundo.

2006-03-16 00:26 | Categoría: Política | 2 Comentarios | Enlace

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Comentarios

1
De: CharlyZero Fecha: 2006-03-20 20:07

¿Cómo se escriben los aplausos? Genial tu artículo.

Detesto esos "lixtos" que hablan y hablan y jamás se han manchado las manos. Esos que se toman el café por las mañanas y mientras, entre bollo y donut, empiezan a arreglar el mundo.

Tu visión sobre la inmigración en España es la más acertada que he visto en muchísimo tiempo.

Personalmente creo que al "buen" inmigrante no se le trata siempre como se debiera. Hay mucha injusticia, corrupción y hastía funcionarial que desesperan. ¿Por qué los cubanos deben pagar 100 USD por un visado? Corrupción conocida y aceptada con un encogimiento de hombros. ¿Por qué cuando yo he acudido a cierta embajada se me ha recibido casi con alfombra roja y mientras a los otros, candidatos a inmigrante a España, les tienen ahí fuera esperando durante horas como perros? También he decir que el trato que me da a mi (ciudadano español) mi propia administración, no es todo lo buena que merezco...

En cambio da la sensación de que al "mal" inmigrante se le trata con tibieza. Delito y reincidencia = expulsión. Nada de un pollo aquí con 100 causas pendientes.

Pero sobre todo, como dogma tengo que el lugar en el que nacemos no lo controlamos y que según la declaración de los derechos humanos, tenemos el derecho de escoger donde deseamos vivir.

Salu2!



2
De: Las Tiras Cómicas de Janario Fecha: 2006-05-16 01:32

Sensacional tu artículo. Me gustaría aprovecharlo para invitarte a visitar una tira cómica acerca de la inmigración en pateras que acabo de publicar en mi blog. Muchas gracias.

Pateras de África: Viaje hacia la nada



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