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Mimosines metrosexuales

No eructar, ni soltarse un cuesco mañanero, ni permitirse el lujazo de hurgarse la nariz en el semáforo o sacarse el cerumen de las orejas con el dedo o un boli, o lo que sea. Tampoco, por supuesto, hay que limpiarse el luto de las uñas con un palillo, un papel doblado o algún otro instrumento ad hoc, ni comerse un bocata de calamares grasiento caminando por la calle, ni fumarse un Farias en grata compañía. Nada de rascarse la entrepierna mientras uno espera en el pasillo del médico.

Eso en cuanto a las prohibiciones. Veamos ahora las indicaciones:

Cuidarse por fuera, alimentarse siguiendo férreos patrones prediseñados, acudir frecuentemente al gimnasio, preocuparse de esos granitos o puntos negros; darse cremitas, potingues y ungüentos; depilarse el pecho, las piernas y los genitales; mostrar una sonrisa profidén brillantemente inmaculada, portar un pelo recientemente cortado y saneado.

Visto lo visto, estamos creando una sociedad de Metrosexuales, de adictos al culto al cuerpo, amantes del Mens insana, corpore sano. Cada día se venden cientos de miles de ejemplares de revistas variadas. En casi todas ellas hay espacios dedicados a Belleza, Deportes, Dietas y demás. No hay espacios dedicados a Literatura, Ciencia o Tecnología, ni Arte, ni nada que tenga que ver lo más mínimo con esa Cultura con Mayúscula que todos, antes, adoraban.

Mezclemos ahora esa metrosexualidad impuesta por adivine usted quién con esa tendencia a ser Mimosines pegajosos. Está de moda darse abrazos y besos a todas horas, con todo el mundo, independientemente del sexo del de enfrente y de la orientación sexual del que lo ofrece. Da lo mismo si te apetece o no. Debes demostrar que tienes sentimientos, que te gusta ser feliz, que disfrutas de una vida cojonuda y que te encanta expresarlo a los cuatro vientos. Estamos obligados por el mundo a ser felices (como en el viejo juego de Rol "Paranoia", donde si no eras feliz el Ordenador mandaba que te matasen) y, además, a demostrarlo.

Pues yo no me apunto.

Yo soy de distancias largas. Me encanta la compañía, pero a un metro de distancia es suficiente complicidad. No me gusta dar abrazos, ni besos, ni caricias, ni me gusta que me los den, salvo en momentos muy concretos que, por cierto, disfruto muchísimo. Quizá porque me son tan caros, los sé apreciar mucho mejor que esos que se pasan la vida dando muestras de un afecto insulso y diluido. Mi afecto es espeso y resistente. Quizá por eso no lo regalo, sino que lo dono poco a poco. No soy el Ken de la Barbie, ni me parezco en nada a un maldito Teletubbie, ni me gustan las películas de llorar, ni esas que dicen ser "basadas en hechos reales". Si quiero llorar, lloro, pero lo hago donde nadie puede verme, ¿qué pasa? ¿Acaso todos tenemos que dejar que nuestros sentimientos afloren? ¿En qué parte de la constitución está ese deber ciudadano?

Desde aquí reivindico mi derecho a ser gordo, a no hacer deporte, a joderme los pulmones con un ocasional Farias (o un Montecristo, si se tercia), a pasar completamente de Jesús Vázquez y su eterna juventud, así como de las revistas donde todas las chicas están estupendas de la muerte y los chicos pierden más aceite que la MIR en sus buenos tiempos. Reivindico mi derecho a ser imperfecto, a tener granos, pelo en el pecho, los dientes torcidos y amarillentos, a tener la barba desigual, a ir despeinado. Exijo respeto para los que queremos ver caderas con celulitis embutidas en vaqueros raídos por el uso y no porque los vendan así ya en H&M. Expreso aquí mi firme propósito de no ser perfecto, sino perfectible; mi promesa inamovible de disfrutar de mis vicios y mis excesos. Quiero tirarme un pedo sin tener que sentir vergüenza después y, ya puestos, comunico mi absoluto desprecio por todas esas cremas hidratantes, leches corporales, exfoliantes, reductores de tejido adiposo y demás extraños líquidos pegajosos que algún carnuz nos está casi obligando a utilizar. Desde aquí lanzo el llamamiento a que la gente empiece a tomar leche entera en vez de ese sucedáneo acuoso que es la leche desnatada. Comprad huevos de corral, freídlos con mucho aceite y coméoslos acompañados de tocino, pimientos del padrón y patatas, muchas patatas fritas. Sed felices, comed lo que os venga en gana, sed cuidadosos con los excesos, pero sin caer en el defecto. Gozad del noble placer que supone zamparse un bocata de tortilla con mucha mayonesa.

Quiero parecer un ser humano, no un anuncio de yogures.
El Amo del Calabozo

2006-05-03 15:03 | Categoría: | 3 Comentarios | Enlace

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Comentarios

1
De: Verdoux Fecha: 2006-05-03 15:44

Trato hecho. Yo me como las yogurines del anuncio, y para ti la sopa de cardo y los callos a la madrileña.



2
De: Algernon Fecha: 2006-05-03 21:50



Ahí ahí, muette a los metrosesuále!



3
De: jose Fecha: 2006-05-03 23:23

Hombre, más o menos estoy de acuerdo, pero si aislamos el factor apariencia (a igual capacidad mental y demás), siempre mola más parecerse al David que a Stallman, no?



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