¡Os atacan! Hacía tiempo que las criaturas del Laberinto parecían dormidas, ocultas en algún complejo subterráneo anejo al principal. Pero ahora, las fuerzas del fanatismo religioso y las de la mística más enfermiza se ensañan las unas contra las otras en el campo de batalla de la literatura. ¿Quién vencera? Solo sé decir que perderá la cultura...
Y es que la Iglesia Católica, la que siglos atrás que promovía quemar los libros heréticos, ahora ya no sabe bien qué hacer. Es lo que pasa cuando se te van arrebatando el monopolio de la Verdad y el control de la moral. Ahora, el antiguo cardenal Ratzinger y actualmente Papa Benedicto XVI, no puede entregar a J.K. Rowling al brazo secular. Y mira que debe joderle...
Y como no puede emplear los métodos de antaño -ah, nostalgia de tiempos más civilizados en los que herejes y paganos eran torturados y asesinados, sus familias expulsadas de sus casas, sus haciendas confiscadas y todo el mundo se arrodillaba ante la terrible Sombra de Cristo-, pues el hombre se limita a escribir cartas a escritoras ultraderechistas como él, poniendo verde al gafotas pusilánime de
Harry Potter.
Porque a mí Harry Potter, ¿qué quieren que les diga?, me cae bien. Los personajes pusilánimes tienen ese efecto en mí. Mi personaje favorito de El Señor de los Anillos siempre ha sido Samsagaz Gamyi y siempre me gustó más Sancho Panza que su demente amo. Al margen del mensaje mágico y místico que lanza a la juventud, es un personaje que refleja bastante bien el rechazo a aspectos como la xenofobia (su amiguita mediohumana), el elitismo (su otro amigo, el irlandés) y la superación de obstáculos a pesar de los pesares. Son mensajes positivos. De hecho, Harry apenas usa la magia. La experta en magia es la coleguilla (Hermion, creo que se llama) y él se limita a ser un antihéroe obligado a luchar una batalla que le han dado desde antes de nacer.
Si la Iglesia Católica ve en Harry Potter "
seducciones subliminales que actúan inconscientemente", es que en el Vaticano hay menos materia gris que nunca. Porque en una sencilla frase como ésta hay tres términos más que dudosos:
1) "Seducciones" el primero, ¿quién seduce a quién? Porque por más que Hermión tenga un aspecto de Lolita intelectual que tira para atrás, no creo que vayan por ahí los tiros. ¿Seduce la idea de la magia? Eso antes y después de Harry Potter, amigo Ratzinger. La magia siempre ha seducido bastante más que su abstinencia sexual, su afán por considerarse pecador e inferior, su sumisión a normas atávicas escritas hace dos mil años o su maldita manía por denigrar a la mujer. Si no pueden "seducir" a la juventud como les gustaría y si otros los "seducen" -que lo dudo- mejor que ustedes, apechuguen, aplíquense el cuento y reúnanse a buscar soluciones. No demonicen a otros por sus propios errores.
2) "Subliminales": Estupendo. No hay pruebas de que la publicidad subliminal funcione de verdad y, de hecho, casi cualquier psicólogo con dos dedos de frente le dirá que el mecanismo de lo subliminal es bastante oscuro, más cercano a la pseudociencia que a lo que hoy sabemos sobre la cognición humana. No me emplee términos de este tipo para justificar su crítica, por favor. Claro, que pedirle a un Papa que use la razón es como pedirle a Bush que utilice la diplomacia... Lo comprendo. No saben hacer otra cosa.
y 3) "inconscientemente". Es curioso cuántas y cuántas veces se apela a lo inconsciente para prejuzgar y sacar conclusiones precipitadas. Es el cubo de basura del psicoanálisis, donde cabe todo lo que nos sobra. Si algo aparece sin previo aviso, es que estaba en el inconsciente. Si queremos acusar a alguien de perturbar a otro, lo hace inconscientemente. Si queremos librarnos de una buena bronca, hay que decir que lo hicimos inconscientemente. Es curioso que raramente se use el inconsciente para hablar de algo positivo, hermoso, bello o educativo. Las cosas no son intrínsecamente malas o buenas, sino que dependen de cómo se usen. Salvo el inconsciente, que siempre es malo. ¿Será porque lo usamos como comodín, precisamente para evitar analizar las cosas como es debido?
Y es que Harry Potter y, concretamente, su escritora, J.K. Rowling, han conseguido algo impensable hace unos años. Niños de siete u ocho hasta quince o dieciséis, leyendo ávidamente, esperando ansiosos el siguiente libro, releyendo pasajes concretos, pensando sobre lo que se escribe en ellos. Lástima que en vez de alquimia y magia no se enseñe química y psicología, lástima, sí, pero, lamentablemente, si Harry Potter fuese un estudiante cualquiera no tendría el
éxito que tiene.
La fantasía puede llevar, y de hecho lleva, al conocimiento y a la cultura. Quien pretenda ocultar, censurar o condenar los textos fantásticos es un auténtico ignorante, un verdadero terrorista intelectual. ¿Acaso no es Don Quijote pura y dura fantasía, mezclado con realidad? ¿Por qué hemos de ser todos Sanchos Panzas, anclados en mundos donde las cosas son como son y nada más? Ya se encarga luego la vida, la escuela y la universidad de enseñarte qué es real y qué no. No creo que salgan muchos magufos de leer Harry Potter, al igual que no hay más magufos entre los jugadores de rol que entre los practicantes de cualquier deporte o los intérpretes de cualquier instrumento musical.
Independientemente de lo que uno opine sobre Hogwarts, o sobre Vauldemort, independientemente de la ñoñería que se entrevé al leer la triste historia de un huérfano que vive en casa de sus tíos que lo odian, Harry Potter ha traído lectura, imaginación, fantasía, risas y lágrimas a los niños y jóvenes -y no tan jóvenes- del mundo entero. Traducido a vayaustéasaber cuántos idiomas, estoy convencido de que Harry Potter es muchísimo menos dañino que algunos otros textos, tan mágicos y tan fantasiosos como él. ¿Acaso no es estúpido convencer a un niño de que Matusalén vivió casi mil años o que los idiomas provienen de un castigo divino? ¿Es solo válida la magia que la Iglesia admite como propia?
Algo huele a podrido, siglos ha, en el Vaticano...
La batalla es intrincada. Las fuerzas del fanatismo se ensañan con los místicos mágicos, cuyos rayos de fuego no pueden atravesar las protecciones divinas que envuelven al ejército religioso. Mientras tanto vosotros, grupo de aventureros de la Razón, contempláis atónitos el combate y tratáis de salvar a los inocentes que están inmersos en el fregado. La cultura, la literatura, la fantasía, la imaginación, la diversión infantil y juvenil, no tienen nada que ver con las pretensiones de unos y otros.
El Amo del Calabozo