¡Ah, el artista incomprendido! ¡Ah, la grande tortura de aquel que se siente emocionalmente más activo, sentimentalmente más completo que el común de los mortales! ¡Cuánto dolor, cuánto sufrimiento encerrado en una única persona! ¡Qué injusta es la vida con aquel cuyo afán es el arte y cuyo alimento es intelectual y no físico!
Porque, antaño, antes de la creación de este Laberinto Postmoderno en el que nos afanamos por sobrevivir, los artistas ya eran seres torturados, incomprendidos y sufrientes. Algunos se cortaban una oreja o se daban a la bebida y terminaban como Edgar Allan Poe, solos, arruinados y alcoholizados. Alguno, sobre todo los que no habían triunfado, terminaban por tirarse al río de turno o, si vivían en la costa, terminaban sus vidas tormentosas arrojándose a las aguas embravecidas del Cantábrico.
Era un final romántico, para tiempos más románticos. Hoy, en este neorromanticismo que es el Laberinto Postmoderno, los artistas incomprendidos no se suicidan, ni se cortan orejas, ni se dan a la bebida. Bueno, alguno sí, miren ustedes a Kurt Cobain, pero son los menos. Los artistas incomprendidos de la Postmodernidad están dispuestos a darnos el coñazo con sus insensateces día tras día, esperando una muerte que no llega por su natural.
Y, por eso, llega uno de estos artistas incomprendidos y
se larga del escenario a los veinte minutos de concierto,
dejando tirada a toda la banda y al público. ¿La razón? Bueno, la razón oficial es que estaba "agotado", pero eso no se lo cree ni él. ¿Agotado? Enrique Búnbury debe llegar agotado desde hace una década larga, porque estos espectáculos de divo maltratado los lleva haciendo una buena temporada. Quiero recordar que cuando sacó aquel "Radical Sonora" y lo presentó en el Pabellón Príncipe Felipe de Zaragoza, también se largó porque la gente pedía canciones de Héroes del Silencio y a él no le dio la gana de aguantarlo. Y dijo, creo, que no volvería a tocar en Zaragoza.
Debe ser que no quiere ser profeta en su tierra.
De hecho, creo que voy a probar yo a ir al curro y, a las diez de la mañana, irme sin dar explicaciones y, al día siguiente, contarle a mi directora que me fui porque estaba "agotado", a ver lo que pasa. ¡Ah, claro! Resulta que él es su propio jefe y puede hacerlo y yo soy un pobre contratado por cuenta ajena y no puedo. En fin, lo malo es que ese tío, ese impresentable capaz de equivocarse en la letra y hundirse hasta el extremo de dejar el escenario y largarse, tiene una responsabilidad con su público. Ese público que recibe todas las alabanzas en las entrevistas ("yo me debo a mi público", "yo esto lo hago por mis seguidores", bla, bla, rollito Concha Velasco que huele que apesta) y luego es el primer perjudicado con las pataletas de niñato de turno.
Porque vale que devolverán el importe de la entrada, pero al que viajó desde Málaga a Zuera para ver el concierto, el viajecito y la desilusión no se lo paga Búnbury ni con favores sexuales. Y si tiene dos dedos de frente, no volverá a pagar por verlo en su puñetera vida.
Búnbury es un incomprendido social e intelectualmente. O eso es lo que ha querido vendernos desde siempre. Les pasa mucho a los rockeros. Cuando son jóvenes, nos venden esa imagen de tipo duro, siniestro y vividor que tanto gusta a las adolescentes. Después esas adolescentes crecen, maduran y ellos descubren demasiado tarde que esto es renovarse o morir, así que tienen que cambiar. ¿Y qué hacen? Pues como Gabriel Sopeña, Mauricio Aznar, Ramoncín o Loquillo, se vuelven intelectuales y alternativos, les da por las cumbias, la salsa, la música tradicional congoleña o escribir libros sobre la jerga carcelaria. La cosa es cambiar el registro y pasar de cantar "no seas membrillo" y "blanca esperma resbalando por la espina dorsal" a cantar "me calaste hondo" con un acento sudaca que no hay dios que se trague, como el acento andaluz de Alejandro Sanz.
Y, por supuesto, para una parte de su público eso mola, y se compran sus discos y van a sus conciertos y todo eso, incluso se compran los bodrios de poemas que van sacando, porque esa es otra. No pueden ser solo buenos cantantes, tienen que ser buenos cantantes, buenos poetas, escritores, pintores y lo que sea. Todos tienen muchas facetas ocultas, todos son todoterrenos del arte. Y, claro, como en este Laberinto Postmoderno el que tiene padrino se casa, pues terminan por hacer sus pinitos en cualquier otra rama del arte aunque sean un truño como un estadio de fútbol de grande.
Así que esta retirada de Bunbury no será la última, no será una puerta cerrada con llave, sino solamente entreabierta. Dentro de unos años (me voy a poner en plan profeta, que a veces me sale bien y todo), reaparecerá transformado en otra cosa. Igual que salió de Héroes del Silencio transformado en intelectual filoamericano, ahora retornará... ¿quién sabe? ¿Poeta? ¿Escultor? ¿Ginecólogo? ¿Quién sabe? Seguramente escribirá un libro de poesía (desde luego se le ve la vocación) y nos venderá la moto de que es el nuevo Bécquer del siglo XXI, o nos relatará una novela intimista sobre sus andanzas pretéritas.
Lo importante es que aprendamos todo de esta experiencia. Hay por ahí grupos amateur que tocan en condiciones deplorables. Todavía recuerdo y la epoca en que cargábamos una batería, tres amplificadores, dos guitarras, un bajo, varios micrófonos, dos kilómetros de cable y demás en un Seat Marbella y tocábamos en locales de mala muerte que no se dignaban ni a pagarte las cervezas. Y tocabas. Tocabas porque te gustaba tocar, aunque no cobrases un duro, aunque no fuese a verte más que la novia y los cuatro amigos de siempre. Daba igual, porque lo importante era sentirte bien contigo mismo y tocar por tocar, por "amor al arte", que le llaman.
Ahora, gente como Búnbury cobra una pasta gansa en derechos de autor y en derechos de imagen y en contratos discográficos y, en cuanto se le tuerce el morro, se larga y deja tirado a todo cristo. Muy bien. Muy profesional lo tuyo, chavalote. Te has mostrado al fin como lo que eres: un niñato malcriado que se cree el ombligo del mundo solo porque, una vez, tuvo éxito y ha sabido mantenerlo. Pero el éxito no se mantiene solito, Quique. La gente empieza a estar harta de tus salidas de tono, de tu pose de divo y tu actitud soberbia y caprichosa. Para aguantar chiquilladas, todos tenemos hijos, sobrinos, hermanos pequeños o vecinos pelmazos. No tenemos por qué viajar muchos kilómetros y pagar una entrada para ver a un niño caprichoso enfadarse con el mundo y reaccionar como un adolescente despechado.
Luego se quejarán de que la gente se descargue sus discos del Emule y no los compre. Ahora la ley actúa, pero hay gente que no se merece otra cosa...
El Amo del Calabozo